La disciplina (Si quería ser (II))



Una espiral luminosa de partículas de polvo y humo se despliega  sobre el cuerpo de un obrero en la avenida


Camino de vuelta a casa al terminar la jornada,


un hombre con el rostro curtido por el sol y por los años pregunta a una mujer: “¿Tú sabes lo que cuesta enterrar a una persona?”


retroceda el espejismo del orden allá donde emerja la belleza de lo inesperado



/

Renunciar al logro simbólico,


profundizar la mirada liberándola de yugos



Hacer cada día la cena; se tuesta la soja bajo el calor metálico de la sartén,


el cuerpo se nutre disciplinado para afrontar exitoso el día;


no es hasta llegar al hogar cuando descansa, se regenera e ilumina



/



Nudillos curtidos de golpear el muro de la realidad con la voluntad de hacerla permeable


aporreando con las manos, las piernas, el cráneo, la superficie de lo ofrecido como dado



la escuela, el instituto, la amistad, las calles, el amor, el trabajo

 sucesión de castillos infranqueables en que arremeter contra puertas cerradas como condición para existir,


el sentido nunca dado, la organización del mapa de vacíos semánticos relativos como tarea cotidiana



/


Los circuitos cerebrales exhaustos de tristeza


¿cuánta ruptura pueden sostener los frágiles puentes del sentido?



Temí perder la intuición;


recuerdo ver en Atocha las hojas cayendo al suelo en otoño y observarlas descender como medusas;

recuerdo prometerme no perder la dudosa facultad de leer la realidad en clave propia, negarme a que la rueda del mundo arrollase la mirada que con esfuerzo construí; renuncié a todo por salvar la inocencia de mis ojos, la atalaya ligera de mi tristeza;



La disciplina es también un fluido que acaba por congelarse en el seno del cerebro, agarrotándolo; lo hace rígido, inelástico; lo despoja de maleabilidad, lo priva de intuición;


cuando esta se disuelve, el cerebro borbotea, vuelve a vibrar; circulan por él las ideas de forma incontrolada:


Las farolas del paseo se reflejan en la humedad de la arena como velas de llamas temblorosas,



destellos eléctricos:


prende la llama: arde, violenta, la mente




Si el cerebro se derrama con la torrencialidad del río y obliga a detenerse



-aferrado, dentro, a delgados pilares que asombrosamente resisten el envite de la riada-


(pértigas de luz blanca atraviesan un océano de agua monocromo,

el cuerpo lánguido, pero determinado, se impulsa con las piernas para alcanzar el fondo, los pulmones bombeando...)


cuando cese la fuerza iracunda de las aguas, volverá la calma y podrá reencauzarse, podrá retormarse el andar



mientras tanto, solo resta esperar a que el mandato que viene de tan adentro

cese en su convulsión

tenga a bien tornarse de nuevo sereno,

y pueda, entonces, la vida

reiniciarse.




/


El único criterio desde el que dar cuenta del grado de aprovechamiento de los días:


el saldo de belleza contemplada, creada o sentida al final de la jornada



(mi cometido no sea quizá, reparar el mundo,

sino nutrirlo de belleza)


hacer acopio de lo hermoso

y continuar


/


El paisaje de la mañana carece de señales inequívocas


pero, cada día,

la decisión de hacer de la ausencia un lugar provisional de certidumbre

asumir la fractura cuando acontezca, combatir la amenaza de los fuegos


y si estos alcanzasen a los brotes,

rescatar los que se salven del incendio,

dar a luz, alimentar un nuevo esqueje desde sus restos

y honrar su voluntad de vivir.




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