Pass this on


https://www.youtube.com/watch?v=6UeQLO43a2Y&ab_channel=TheKnife


Escuché por primera vez la canción de mi adolescencia diez años después de que esta terminase.



And I wasn’t really looking for some more than

Some company on the dance floor

And does he know what I do?

And you'll pass this on, won't you?...”*




La adultez me permite disciplinar el cerebro. Trabajo en turno de mañana, luego almuerzo de forma equilibrada, duermo un rato, leo, hago algo ejercicio.


Subo al autobús varias veces al día. Disfruto del trayecto.


Durante la mañana, veo tras el cristal al mundo incorporándose con lentitud, resistiendo el embate del sueño mientras la luz del día se desparrama, generosa, sobre todo lo existente. Por la noche, los faros desenfocados de los vehículos dibujan un horizonte improbable, poco nítido, que relata de algún modo la vuelta a casa, dibujando la forma de una realidad que se enciende solo tras diluirse el sol en la oscuridad.


Los lunes compruebo la lista de “Descubrimiento semanal” que Spotify prepara para mí. A veces olvido hacerlo y reviso la lista al día siguiente. La voracidad por descubrir canciones es uno de los pocos hilos que conduce aún desde el yo adolescente al yo joven adulto. Uno de los patrones que delimita una cierta identidad que con los años se vuelve más y más voluble.


Tratar de escribir hoy es un ejercicio arbitrario. Lavar con cautela el tejido de los años. Extender con cuidado sus fibras. Tender lo vivido, dejar que se seque, observar sus transparencias. 



El ejercicio de entender se vuelve con el tiempo menos predecible, menos controlable.




Mis amigos de la adolescencia pasan sus días también trabajando, con mejores condiciones algunos, con otras más precarias la mayoría. El resto del tiempo, entrenan sus cuerpos con gran disciplina. No lo entendí durante mucho tiempo. Me resultaba -quizá aún sea así, a veces- frívolo. Hoy creo que puedo entenderlo.


Con los años se abre la vida y desaparecen los espejos en los que comprobar cómo transcurre uno a través de esta. Este escenario es el mismo para todos. Las estrategias para abordarlo son diversas. Ellos cuentan con la certeza de sus cuerpos.


Es una construcción de sentido modesta en términos simbólicos, pero robusta. Si el cuerpo se entrena con disciplina, si se nutre con pulcritud, es posible verlo adquirir una forma específica, es posible verlo transformarse. En el resto de ámbitos de la vida, es quizá menos precisa, menos visible, la capacidad para guiar los cambios, para alcanzar un determinado estado de las cosas.


Hubo un tiempo en que había profesores y profesoras, mamá, papá, los pares, como brillantes superficies que devolvían una imagen acerca de cómo se estaba viviendo. Un juicio, una evaluación constante. Con su elemento de estrés y de forzosa rendición de cuentas. Con su porción desgastante de modelaje del cuerpo extraño que uno es y que sobrevive a base de recibir indicaciones, aplausos, castigos, miradas llenas de orgullo y decepción.


En ese torbellino de directrices directas o indirectas, en esa vorágine de prescripciones sobre la forma de desenvolverse, florece o estalla algo que sobrevive a pesar de todo ello.


Una masa sin forma ni nombre concreto, tan luminosa que es imposible no dañarse los ojos al acudir al espejo a contemplarla. Una herida que llama a asomarse a sus contornos, con el riesgo absoluto de despeñarse entre sus acantilados.


Una madeja desmesurada de fuegos artificiales que revientan y le lanzan a uno al suelo sin previo aviso, obligándole a observarla con una mezcla de terror, asombro y embelesamiento, sabiendo que ya la vida no volverá a ser jamás la misma tras hacerse uno cargo de esa imagen.



La caída entre riscos resplandecientes mirando a quien se ama como vía para sobrevivir al precipicio, y al final del descenso, la llegada abrupta a una vida que pasar tratando de poner nombre a lo vivido durante ese efímero lapso, en el que, sin reservas, asumiéramos el precio de saltar.


And I wasn’t really looking for some more than

some company on the dance floor and…”


                                           *Estribillo de la canción Pass this on, del grupo The Knife


 

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